Nuestra especie ha dado ejemplos grandiosos de la dialéctica colectivo-individuo siempre que se ha visto en la necesidad de superar y resolver situaciones de estancamiento y crisis de antagonismo. Ha sido en los períodos revolucionarios o de reivindicaciones justas cuando esa dialéctica ha aparecido en escena con brillo refulgente. Ocurre que los poderes dominantes, esas burocracias jerárquicas que monopolizan y crean el saber, que escriben la Historia y condenan al olvido lo que no les interesa, han impedido su conocimiento crítico.
¿Podemos rastrear una especie de hilo rojo, nervio consciente, que recorre la historia de la emancipación humana en este tema particular del desarrollo individual y colectivo? Pienso que sí. Ahora bien, sólo a condición de respetar escrupulosamente los diversos encuadres simbólicos y dotadores de sentido y significado de cada época.
Pongo ante ustedes un punto de reflexión: ¿qué identidades puede haber entre Protágoras cuando dice que el hombre es la medida de todas las cosas y Marx cuando dice que el hombre es el ser supremo para el hombre?. Les pongo otro: ¿cuáles pueden existir entre Platón que legitima la mentira y la dictadura oficiales y el Plan ZEN español contra Hego Euskal Herria? ¿Acaso cada una de esos interrogantes no lleva en sí una concepción precisa del individuo, sus necesidades y derechos y también, inevitablemente, de la colectividad en la que ese individuo existe? Por ser aún más quisquilloso: acaso el desprecio misógino griego, el patriarcado judeo-cristiano, la brutal caballerosidad feudal, la apología de la violación de un Schopenhauer, la actual ola sexista ¿no tienen una identidad de fondo que ha determinado y determina las posibilidades reales, efectivas, de desarrollo personal y colectivo de cientos de millones de seres humanos?
Y para exasperar a los dogmáticos: ¿acaso no hay relación entre los militantes de ETA, los hermanos Arenilla, Larrañaga, Trostky, Nin, Bujarin, Rosa Luxemburg, Robespierre, Danton, Babeuf, Olympia de Gauges, Mm de Roland, Giordano Bruno, Juana de Arco, Espartaco y una larga lista de seres humanos asesinados por el poder con el consentimiento y colaboración de sus antiguos compañeros de lucha? ¿Qué lecciones nos ofrecen sobre el desarrollo personal y el colectivo?
Antes de empezar con las respuestas de esos y otros interrogantes, he de decirles que estoy en total y absoluto desacuerdo con las tesis que sostienen la imposibilidad del conocimiento científico -¿qué es la ciencia?- de nuestra especie. A. Carrel, en su reaccionario texto "La incógnita del hombre", sostiene que aún son desconocidas las "leyes" de las relaciones humanas. K. Popper va todavía más lejos y sostiene que no puede haber predicción del curso de la historia humana por métodos científicos y racionales, acusando a Marx de cosas que éste, desde luego, nunca defendió. Dicho sea de paso: pocas veces hemos asistido a la bendición oficial de un texto como "La miseria del historicismo" basado en una crasa ignorancia del tema que trata; otra bendición ha sido la dada a las sandeces de Fukuyama. Disponemos de un inmenso campo de estudio crítico formado por siglos de sufrimiento y rebeldía humana.
A grandes rasgos, podemos seguir el hilo rojo de las relaciones entre lo colectivo y lo individual a lo largo de las cuatro grandes explosiones fásicas de emancipación revolucionaria habidas en el ámbito geocultural de Occidente en los últimos 2.500 años por no referirnos a la revolución neolítica que tiene sus peculiaridades y presenta grandes dificultades por la pobreza de datos existente.
En cada una de ellas detectamos cinco constantes: el desarrollo personal y colectivo interviene activamente en las luchas; hay una nítida tendencia al alza de la participación y liberación de las mujeres; las reivindicaciones lingüístico-culturales, etnonacionales y nacionales están presentes en los cuatro momentos y actúan como fuerzas impulsoras; en cada uno de ellos se libra una áspera batalla teórico-filosófica sobre la definición de lo humano y sus manifestaciones y por último, la experiencia y el recuerdo de cada fase ha sido objeto de feroces disputas históricas entre los poderes establecidos, necesitados de silenciarlas, y las fuerzas emancipadoras necesitadas de aprender de ellas. Hablar de cuatro grandes ciclos, períodos o mejor fases de actividad revolucionarias no quiere decir que entre ellos domine la pasividad praxística y el desierto ético-moral, un vacío oscuro. No.
De hecho también hubo luchas y resistencias en esos períodos interfásicos al igual que altibajos y estancamientos intrafásicos. También hubo contraataques globales de los poderes reaccionarios que habían sobrevivido, que habían aparecido en los reflujos de esas luchas, o que se habían librado al estar sitos en zonas exteriores o circundantes al conflicto. Por ejemplo, después del agotamiento del "milagro griego", dentro mismo del imperio romano, se produjo una verdadera contrarrevolución general en la que fueron especialmente reprimidos todos los valores filosóficos y precientíficos contrarios al cristianismos y a su modelo de ser humano.
De igual modo, antes de que el Renacimiento llegase a su cenit, las fuerzas medievales contraatacaron con el Concilio de Trento y la Compañía de Jesús, oponiendo un modelo de ser humano contrario en todo al 'uomo totale'. Tras la primera ola de revoluciones burguesas, se desarrolló a mediados del siglo XVIII el orden médico constructor de un humano fácilmente dominable. Al acabar la fase burguesa, simultáneamente a la imparable organización obrera, en el último tercio del siglo XIX, se desarrolló el complejo represor y disciplinador llamado "ciencias psicológicas" unido a los avances de la sociología y biología.
Por último, hoy mismo, tras la derrota de la cuarta explosión, la poscapitalista y presocialista, padecemos una contraofensiva generalizada que busca construir un humano acorde a las nuevas necesidades del Capital mundializado, mezclando fuertes dosis de conductismo a lo Skinner, genetismo a lo Lorenz, irracionalismo mistérico, etc., para imponer un ultraindividualismo insolidario, autoritario y agresivo.
Visto el tema a debate desde esta perspectiva histórica en la que la lucha a muerte entre intereses materiales antagónicos es un elemento activo, con efectos directos sobre los modelos prácticos de ser humano existentes, tenemos que concluir que resulta absolutamente imposible imaginar relaciones personales de enriquecimiento creativo al margen de dichos conflictos. Como veremos en el último apartado de esta exposición, nuestra personalidad actual, lo que ahora mismo somos, es efecto de esas luchas históricas corporeizadas en nosotros mimos, fuera de nuestra voluntad. Parafraseando a Marx, en otro de sus muchos adelantos a Freud: no lo sabemos, pero lo hacemos.
6. Emancipación e historia (2): hombre griego y hombre renacentista.